Tirando Ando











{5 January, 2009}   ¿Blanca Navidad? No, gracias

¿Blanca Navidad? No, gracias

“¡Ya no puedo más! Si esto sigue así acabará conmigo!”. Estas fueron las palabras de Fran la mañana del 22 de diciembre. Llevaba muchos días dándole vueltas su situación y sabía que si no tomaba las medidas oportunas acabaría peor de lo que ya se encontraba.

Estaba amarrado con una cadena de unos 5 metros a la pata de la cama. Él mismo había cerrado el candado y había tirado la llave por la ventana de su habitación para que nadie pudiese soltarle. La longitud de la cadena sólo le permitía llegar hasta el cuarto de baño de sus padres. Lo único que necesitaba era un váter para vomitar la poca comida que su madre le hacía ingerir a la fuerza. Tres días antes había vuelto a tener un ataque después de una noche de fiesta con los colegas. Había tomado más cocaína en cuarenta y ocho horas de la que habría consumido en toda una semana. Después, había intentado ahorcarse en su propia habitación. A la mañana siguiente decidió entrar en Las Amapolas, un centro para la cura, rehabilitación y reinserción de toxicómanos en algún lugar de la costa en Andalucía.

Fran tiene 44 años y es profesor de Educación Especial. Aunque es de Jaén, lleva varios años trabajando en un colegio de Jerez pero ahora está de baja. En realidad lleva sin trabajar cuatro meses, no por su adicción a la cocaína, sino por la recaída de una depresión que sufre desde el año pasado. Su novia lo dejó después de tres años y medio de convivencia y tras la ruptura Fran empezó a beber. La única forma de sentirse bien era con una copa en la mano. Salía del colegio y se iba directamente al bar. Así estuvo algún tiempo hasta que su familia decidió que hiciese terapia y ahora ya no bebe. Su problema en estos momentos es la cocaína, de la que está intentando desengancharse. Estuvo seis meses enganchado. Luego lo dejó durante un año y pero recayó y la tomaba, como dice él, “en plan salvaje”.

“Las Navidades son unas fechas muy malas. Son las fechas ideales para irte de fiesta varios días seguidos, consumir cocaína y desfasar. Yo soy maestro y no tengo que trabajar esos días y puedo aprovechar para salir. Por eso he decidido entrar en el centro justo antes de Navidad y pasar aquí esos días. No quiero que esto siga así. Quiero curarme y volver a hacer la vida normal que tenía antes”.

Las Amapolas es un sitio bonito. Está rodeado de naturaleza, en el monte y bastante lejos cualquier pueblo, a los que sólo es posible llegar en coche o tras varias horas a pie por el monte o la playa. Aún no se ha acostumbrado al sitio, pero sabe que tiene todas las necesidades cubiertas allí. La asociación cuenta con lavandería, gimnasio, y una sala de televisión y otra para juegos. También tiene una suite para tener un poco de privacidad y para que descansen los familiares cuando vienen de visita. Su habitación es individual y tiene un baño interior. Como lleva poco tiempo, aún no comparte con nadie. Los monitores han decidido esperar para ver la afinidad con el resto de los internos y más tarde compartirá con alguno de ellos, si es que aguanta. “Muchos no lo consiguen y se marchan antes de que terminen las terapias. Y es que no es fácil estar “encerrado” aquí”, cuenta con tristeza.

Se levanta a las 7.30 y tras recoger su habitación van a desayunar a las 8. Cada uno tiene un grupo asignado y una serie de tareas que le son encomendadas semanalmente y que tienen que completar a lo largo del día. Los que están en la cocina se levantan un poco antes para preparar el desayuno. También los encargados de poner de las mesas.

Todo está milimétricamente pensado y los internos deben de terminar sus tareas en el tiempo establecido. A Fran esta semana le toca el huerto. Por la mañana ha estado preparando la tierra para sembrar cebollinos y después del descanso de las 12 le tocaba barrer una zona del recinto. Por la tarde tienen actividades conjuntas y terapia de grupo. A la hora del descanso muchos duermen la siesta. Él hoy no lo ha hecho porque ha recibido mi visita. En el tablón de anuncios dice que por la noche le toca de pinche en la cocina.

Le gusta mucho leer. Mientras la mayoría de los internos van a jugar al fútbol, él se queda leyendo cualquier libro que cae en sus manos. El día que le está permitido entra en Internet, sólo para leer los correos de sus amigos y familiares. Ese tema es el que peor lleva. “Sólo puedo recibir una visita al mes -la tuya no cuenta, dice mientras se ríe- y hacer una llamada semanal”.

Echa mucho de menos a su familia y dice que está ahí, que lo está intentando por ellos. Paco, como le llaman algunos en el centro, confiesa que ha hecho mucho daño a su familia. Que robó y engañó a su madre y que eso no es capaz de perdonárselo a sí mismo. “Nunca he robado en la calle, pero lo hice a mi propia madre, que es lo peor que se puede hacer. LLegó un momento en el que me gasté todo el dinero y necesitaba más coca. Estaba desesperado y fue la opción más fácil. Ya daba todo igual. Esa semana me había gastado más de 2000 euros en droga.”

La mayoría de los internos en la asociación son politoxicómanos, aunque Paco se jacta de ser una de las pocas excepciones. Sólo es adicto a la cocaína. Viendo a sus compañeros puedes apreciar el desgaste que las drogas han hecho en ellos, e incluso su físico te puede dar pistas del tipo de drogas al que han sido adictos cada uno. No se mueven igual, no hablan igual y el desgaste físico es diferente en un alcohólico, un cocainómano o un heroinómano. En el centro también hay ludópatas, que nada tienen que ver, físicamente hablando, con el resto de los internos.

“Somos iguales porque todos estamos enfermos, pero somos distintos. Cada uno tiene su historia, también su propia medicación, porque no todos necesitamos desengancharnos de lo mismo.” Los internos reciben la medicación tres veces al día, con cada una de las comidas principales. Los coordinadores las guardan bajo llave en la oficina y llaman a los internos por orden alfabético para que las tomen. Fran tiene un tratamiento de siete pastillas diarias, y una más para conciliar el sueño.

“Aquí más o menos duermo. En el centro he aprendido a estar tranquilo, porque cuando estás en el mundo de las drogas siempre estás inquieto y no puedes parar. Con los medicamentos me encuentro mejor. Sólo llevo catorce días y lo noto mucho. Lo mismo también descanso más porque estoy muy cansado por todo el trabajo que hacemos durante el día”, dice mientras sonríe.

Su mejor amigo en Las Amapolas es “El Polilla”. Le llaman así porque está muy delgado pero come mucho. El polilla es un hombre de unos 35 años, de un metro setenta aproximadamente y de facciones muy marcadas. Su cara te da indicios del tipo de vida que ha debido tener y oculta sus dientes, casi todos picados bajo una bufanda negra. “Le da vergüenza enseñar los dientes, pero no se los ha arreglado porque se lo gastaba todo en droga”, bromea Paco con él. El polilla responde con una tímida sonrisa ya con su bufanda en la mano, listo para la merienda.

Fran es muy consciente de su situación y quiere curarse lo antes posible. Los coordinadores del centro le han dicho que para su rehabilitación necesitará cincuenta días, pero él confía hacerlo en unos treinta. “Cuando salga de aquí, voy a retomar mi vida. Voy a volver a mi casa y a trabajar en el colegio. Tengo que cambiar mi rutina de amistades y de salidas. No puedo volver a juntarme con la gente que salía antes, porque si no estoy perdido. Ellos me dieron la mala vida y yo no supe controlarme y ahora aquí estoy”.

Esta noche es noche de Reyes. Me da mi regalo: un ramo de lavanda que había cortado cuando se enteró que una chica iba a visitarle. Cuando le pregunto qué le ha pedido a los Reyes Magos, me dice con una sonrisa en la cara “ponerme bueno pronto. No quiero consumir más coca”.

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et cetera